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DE LA FENOMENOLOGÍA Y FILOSOFÍA  DE LA RELIGIÓN A LA VIRTUD DE LA RELIGIÓN.

El título del tema quizás sugiere un estudio más amplio de los que seguramente en el mismo trataremos, él nos dará su alcance real .

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1.-LA FENOMENOLOGÍA Y FILOSOFÍA DE LA RELIGIÓN.

La Fenomenología  de la religión es  el saber del fenómeno religioso o hecho religioso humano, tratando de descubrir su esencia, tal como se da en la experiencia de los creyentes, desde sus orígenes hasta nuestros días .

La Filosofía de la religión, es la interpretación crítica de los fenómenos religiosos tal como nos los presenta la Fenomenología de la Religión, en orden a descubrir su racionalidad.

Se trata pues de dos saberes sobre el dato, o hecho religioso; el saber de la Fenomenología que estudia la esencia del fenómeno, sus elementos, clases etc. mientras que la Filosofía de  la Religión estudia la racionalidad de los fenómenos religiosos, estudiados en la Fenomenología . 

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2.-SOBRE LA ESENCIA DEL FENÓMENO RELIGIOSO.

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a) El hecho religioso, etimología.

El hombre es un ser religioso y sólo él lo es por lo que cabe definir al hombre como ser religioso.  La religión es un fenómeno específicamente humano,  no es un «producto cultural».
Etimológicamente hablando, la palabra castellana Religión procede del sustantivo  Religio,religionis, de la tercera declinación, y a su vez de un verbo latino en el que no existe consenso.

Cicerón (107-44 a.C.) en su obra  De natura deorum: sobre la naturaleza de los dioses, dice: Los que se encargaron cuidadosamente de todo lo relacionado con los dioses fueron llamados religiosi, de relegere”, infinitivo del verbo lego y el prefijo re, que significar leer:leer atentamente, cuidar atentamente.

Por su parte, el apologista cristiano consejero del Emperador Constantino, Lactancio (h. 250-h. 325), en su obra  “Divine Institutes”, lo hace derivar de otro verbo de “religare”, “atar”. infinitivo de verbo ligo, y el prefijo re que significa ligar fuertemente , de la primera conjugación: Dice Lactancio:
 “Estamos ligados a Dios y unidos a Él [religati] por el vínculo de piedad, y es a partir de esto que la religión ha recibido su nombre”.
Lactancio no es desconocedor de la etimología que proporciona Cicerón, la cual incluso rebate abiertamente:
 “Y no, como sostiene Cicerón, de la consideración cuidadosa (relegendo)”.
 San Agustín (354-430) en su tratado “Sobre la verdadera religión” se adhiere a la doctrina de Lactancio cuando dice:“La religión nos une [religat] al único Dios Todopoderoso”.Lo que no es óbice para que en su “Ciudad de Dios” presente una tercera teoría que liga el término al verbo igualmente latino “religere”, en su acepción de  “elegir “recuperar” : del verbo latino ligo de la tercera conjugación y el prefijo re, que significa elegir de nuevo, recupera, dice :“Al haber perdido a Dios debido a la negligencia [negligentes], lo recuperamos [religentes] y somos atraídos hacia Él”.

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b) Sobre la esencia del hecho religioso.
 En todas sus formas históricas, el fenómeno religioso presenta 4 caracteres:  1.- La existencia de un ser transcendente, es decir que es completamente distinto de todo lo existente al que supera y del que de alguna manera el hombre depende. 2.-  Una doctrina sobre el origen y el destino del hombre. 3) Una moralidad. 4) Unas formas de relacionarse con la divinidad, individual y socialmente (oración y culto). Todo lo anterior se cumple en cualquier forma de lo religioso y en todas las épocas.

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La existencia de la trascendencia divide la realidad en dos mundos, el mundo de lo sagrado o lo santo y el mundo de lo profano. La existencia de la trascendencia es absolutamente necesaria para la existencia de la religión y de los hechos religiosos, lo que no quiere decir que Dios exista realmente, basta con que exista en la mente del creyente. En filosofìa se discute sobre el tema de la existencia de Dios y su necesidad de demostración de tal existencia,  así Santo Tomás de Aquino, otros como todos los ontologistas afirman que que la existencia de Dios es evidente y no necesita ser demostrada. No entramos en el tema.

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El hecho religioso es el hecho humano por el cual el hombre entra en relación con la transcendencia,  ; se denomina hecho religioso , a la relación, que puede surgir como respuesta humana, con el ser trascendente que se le revela. El hecho religioso es también una parte de la historia humana.

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Origen del hecho religioso

La universalidad de la religión y su influjo en la historia de las civilizaciones, ha llevado a filósofos, sociólogos y psicólogos a investigar su origen. Enumeremos algunas corrientes en esta línea de estudios:

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1ª. Teoría de la evolución. Supone que la religión es un producto mental y cultural. Se inspira en las tesis del patriarca del empirismo David Hume (1711-1776) que suponía una transición de las formas imperfectas (politeísmo) a las perfectas (monoteísmo), proporcionada a la cultura. En el siglo XIX siguen esta tesis: Weiss y Spencer. Los sociólogos franceses L. Lévy-Brühl y E. Durkheim se apoyan en los mismos supuestos, reduciendo la religión a la «mentalidad primitiva», prelógica o al «sentimiento colectivo». De forma similar, el antropólogo Burnett Taylor supuso que el animismo había precedido al politeísmo, y explicaba la evolución de la religión por razones sociales y políticas.

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2ª. Monoteísmo primitivo. Frente a esas teorías, que parten del a priori culturalista, los hechos se resisten.
Andrew Lang (1844-1912), partiendo del folklore y de las formas de la literatura arcaica, advirtió en los pueblos primitivos un doble elemento religioso: 1) superior y racional (hay un Dios supremo, padre, legislador y doctor, creador de todas las cosas); y 2) inferior y mitológico (irracional y fantástico, plasmado en figuras míticas). Según Lang el segundo no explica el primero. Por otro camino, los estudios de campo de Wilhelm Schmidt (1868-1954) fundador de la «Escuela Vienesa» de etnología, llevaron a la misma conclusión: el monoteísmo como hecho primitivo, más antiguo que todas las formas de animismo o politeísmo. La monumental obra de Schmidt (Der Ursprung des Gottes Idee,1926-1935), es rigurosa: parte de una cantidad ingente de datos y no de hipótesis apriorísticas. Del estudio del lenguaje, costumbres, tradiciones y mitos de tribus cuya cultura es prehistórica (pigmeos de África Central, semang de Malaca, negritos de Filipinas, australianos, etc.) se desprende una cosmovisión que contradice la hipótesis evolucionista. En las formas culturales más primitivas que se conoce Dios es concebido como espíritu supremo, se le llama “Trueno”, “Cielo” o “Padre nuestro”; habita generalmente en el cielo y no tiene templos ni imágenes; existió antes que todo y siempre existirá. Ese Ser supremo tiene potestad sobre todas las cosas, que Él mismo hizo, especialmente sobre los hombres, de quienes cuida; es santo, justo y vindicador de la ley moral, sobre todo en la otra vida. Se le tributa culto mediante oraciones, sacrificio de las primicias y, sobre todo, con el cumplimiento de los preceptos morales.

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3ª. Origen psicológico. El filósofo pragmatista norteamericano, William James (1842-1910), se propuso explicar la religión a partir de sus propias teorías psicológicas. En The Varieties of Religious Experience, (Nueva York, 1902), distingue dos formas de fenómeno religioso: a) el personal y b) el de las instituciones eclesiásticas. La religión institucional debe su existencia a una primera «experiencia religiosa», vivida por el fundador. Añade a esto que el objeto de esa experiencia –lo divino– es diferente de todo otro objeto psicológico; además, el «sentimiento religioso» no es ciego, sino que pertenece al orden cognoscitivo y consciente. Señala, por último, el carácter «dinámico» de la religión, en cuanto que motiva la conducta de forma más intensa que la moral.

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4ª. Origen metafísicoHenri Bergson (1859-1941) plantea la religión en los mismos términos que el hombre: «la religión, por ser coextensiva con nuestra especie, debe participar de su estructura». Ahora, en su metafísica la «vida», o élan vital, ocupa el lugar del «ser» en la de Aristóteles o Tomás de Aquino; la vida es evolución creadora, y se manifiesta en formas crecientes. La energía creadora emerge de la materia y se manifiesta como vida, surge de la vida orgánica manifestándose como inteligencia; por fin, el hombre es la conquista máxima de ese impulso vital. Mas, en el hombre, la vida sigue tendiendo a la perfección; de modo que la religión es, antes que la filosofía, la forma de ese impulso. Distingue Bergson una religión estática, o natural, de valor social y común a todos los hombres; y una religión dinámica, o mística, que culmina en la mística cristiana. Bergson estudió con profundidad a los místicos y llegó a la conclusión de que en ellos la salud espiritual, el vigor, el gusto por la acción y la robustez intelectual alcanzan su máxima expresión.

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Max Scheler (1875-1928), en su obra Vom Ewigen im Menschen (Lo eterno en el hombre, 1920-22), considera también que la religión radica en la esencia del hombre y que existe una «esfera» de objetos y actos que le son propios; según eso, para fundamentar la religión no es imprescindible la metafísica. En el mundo se capta lo divino, nos sentimos como requeridos por Dios. Esta forma de darse Dios al hombre es una revelación natural; ahora, según Scheler, «todo saber religioso acerca de Dios es también un saber mediante Dios en el sentido del modo de recepción del saber mismo». El saber metafísico es válido y alcanza el mismo objeto que el religioso, pero éste lo alcanza independientemente. En los actos religiosos Dios se muestra como el Absoluto: «Las cuatro determinaciones: ens a se, infinitud, omniactividad y santidad, son las determinaciones más formales de un ser y un objeto de la esencia de lo divino. Como tales están envueltas en los objetos intencionales de toda religión: de la más baja como de la más alta y absoluta». En fin, de los actos religiosos se desprende una demostración de la existencia de Dios; según Scheler:Sólo un ente real, con el carácter esencial de lo divino, puede ser la causa de la disposición religiosa del hombre, es decir, de la disposición para el ejercicio real de aquella clase de actos, que no pueden cumplirse con la experiencia finita y, no obstante, exigen cumplimiento (Erfüllung). El objeto de los actos religiosos es, al mismo tiempo, la causa de su existencia». Para el filósofo alemán, esta prueba es válida por sí misma y suficiente: «Si ninguna otra cosa probara la existencia de Dios, la probaría la imposibilidad de derivar la disposición religiosa del hombre de otra cosa que de Dios.

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4,. ALGUNOS EJEMPLOS DE FENÓMENOS RELIGIOSOS.

La adoración: El hecho de postrarse ante Dios es un hecho religioso que muestra la gloria de Dios. La oración en todas sus clases: oración de petición, de acción de gracias, de alabanza: el sacrificio: de animales: el sacrificio corporal que el hombre puede hacer en la comida, bebida, con los cilicios, disciplinas; las peregrinaciones: el culto a los muertos; la guarda de la moral religiosa; etc.

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5.-LA VIRTUD DE LA RELIGIÓN

La religión es la virtud moral que inclina al hombre a dar a Dios el respeto, el honor y el culto debidos como primer principio de la creación y gobierno de todas las cosas.En tanto que virtud es un hábito adquirido mediante la repetición de actos

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1. Raíces de la virtud de la religión

La virtud de la religión tiene sus raíces en la sabiduría, en la humildad y en el amor.

Por la sabiduría, el hombre conoce y “reconoce” a Dios como creador y señor del cosmos; por la humildad, acepta el lugar que le corresponde y considera su propio ser y todas las cosas del mundo como dones recibidos del amor de Dios; en consecuencia, entiende que debe corresponder con amor, lo que implica el reconocimiento de la suprema dignidad y excelencia de Dios (culto), y la entrega total a su servicio (devoción). Por tener su raíz en la sabiduría, la imagen que el hombre se hace de Dios tiene una importancia capital para su vida religiosa, y todo error en este aspecto se traduce en una deformación práctica de la religión.

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La humildad es necesaria para que el hombre mantenga viva su conciencia creatural, cuya pérdida lo conduciría a considerarse a sí mismo como “creador”, ser autónomo y dueño absoluto del mundo, negando radicalmente su esencial dimensión religiosa. Por otra parte, la humildad y, por tanto, la perfección de la persona, crece cuanto mejor se vive la virtud de la religión: «Por el hecho de honrar y reverenciar a Dios, nuestra alma se humilla ante Él, y en esto consiste la perfección de la misma, ya que todos los seres se perfeccionan al subordinarse a un ser superior» (S.Th., II-II, 81, 7c).

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La respuesta adecuada al don de Dios surge del amor o, si se prefiere, de la justicia, a condición de que se entienda como la virtud que «consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que le es debido» (Catecismo de la Iglesia Católica: CEC, 1807). Ahora bien, la relación con Dios no es de igualdad, sino asimétrica: es la relación de la criatura con el Creador, de quien ha recibido gratuitamente todo lo que es y tiene. En consecuencia, debe reconocer su señorío absoluto, y, ante la imposibilidad de corresponder según estricta justicia a sus dones, debe manifestar su agradecimiento, que implica la entrega total de sí mismo. La gratitud aparece así como la respuesta adecuada, el acto religioso más perfecto.

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2. La religión y las virtudes teologales

Las virtudes teologales tienen como objeto directo a Dios creído, esperado y amado; por ellas, el hombre se une íntimamente a Dios, establece un contacto directo con Él. En cambio, el objeto propio de la virtud de la religión son los medios para dar gloria a Dios: los actos internos y externos de culto (cfr. S.Th., II-II, 81, 5c).
Esta proposición se enriquece si se considera la virtud de la religión en sentido amplio, es decir, como la relación del hombre con Dios, en la medida en que responde de la manera debida a la realidad del Dios santo, que se revela al hombre, y que viene a su encuentro aquí y ahora . En tal caso, se puede decir que la virtud de la religión comprende entre sus elementos más importantes la fe, la esperanza y la caridad, y después el culto (cfr. A. Günthör, 329).

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En la vida moral de la persona cristiana, las virtudes teologales son el alma de la virtud de la religión. Su raíz ya no es meramente natural, sino sobrenatural: la fe, la esperanza y la caridad son, en el cristiano, la causa de los actos propios de la religión: «Las virtudes teologales pueden imperar a la virtud de la religión, cuyos actos se ordenan a Dios. He aquí por qué S. Agustín dice que a Dios se le da culto con la fe, la esperanza y la caridad» (S.Th., II-II, 81, 5). En efecto, el culto a Dios presupone que creemos en Dios, uno y trino, principio y fin de todas las cosas, que tenemos la esperanza de que Él acepta nuestros dones, y que nuestra voluntad está conformada a la suya por la caridad.

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Por la fe, la ordenación del hombre a Dios (ordo hominis ad Deum), propia de la religión, es ahora ordo filiorum, in Christo, ad Patrem, per Spiritum Sanctum, en el cristianismo. La relación con Dios del hombre redimido es la relación de un hijo en el Hijo, con su Padre, lleno del amor del Espíritu Santo. La ruptura entre la criatura y el Creador ha sido cancelada por Cristo, al convertir al hombre en hijo de Dios y miembro de su Cuerpo Místico, haciéndolo partícipe, a la vez, de su función real, profética y sacerdotal, por medio del Bautismo.En otros religiones aunque el concepto de Dios como Padre no esté tan desarrollada como en el cristianismo, existe acerca de Dios un tipo de dependencia que implica su visión con características amorosas, lo que mueve a todo creyente a relacionarse con  Dios con una oración confiada.

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Por último, conviene tener en cuenta que se da un influjo recíproco entre la religión y las virtudes teologales. Así, la devoción es causada por la caridad, pues por amor se dispone uno a servir con prontitud a Dios; pero también la caridad se nutre de la devoción, al igual que toda amistad se conserva y crece por el intercambio de muestras de afecto y por la meditación (cfr. S.Th., II-II, 82, 2, ad 2).

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3. La función ordenadora y unificadora de la religión

Aunque la virtud de la religión tiene unos actos específicos, abarca en realidad la entera vida de la persona, pues todas las acciones, por el hecho de ser realizadas para la gloria de Dios, pertenecen a esta virtud, en cuando son imperadas por ella. Por esta razón, puede decirse que religión y santidad se identifican (cfr. S.Th., II-II, 81, 8), y que la religión tiene la preeminencia entre todas las virtudes morales (cfr. S.Th., II-II, 81, 6).

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La virtud de la religión no puede ser considerada, por tanto, como una virtud más entre otras, pues debe animar y configurar toda la vida del creyente: «Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10, 31; cfr. Col 3, 17). Mientras la caridad convierte la vida moral en amorosa donación a Dios, la virtud de la religión le confiere el carácter cultual, la convierte en culto a Dios.

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El cristiano, que participa de la función sacerdotal de Cristo, ofrece toda su vida como ofrenda viva, santa, agradable a Dios: éste es su culto espiritual (cfr. Rm 12,1). Refiriéndose especialmente a los laicos, afirma el Concilio Vaticano II: «Todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cfr. 1 P 2,5)» (Lumen Gentium, 34).

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La religión desempeña, en consecuencia, una importante función arquitectónica en la vida de la persona: dirige todos los aspectos de su actividad a la gloria de Dios, y no a la búsqueda desordenada de la propia excelencia; la mueve a vivir las exigencias de la justicia como glorificación de Dios, constituyendo así la garantía más fundamental de la justicia en la sociedad; y ordena su relación con el mundo, a fin de que toda la creación glorifique a Dios a través del hombre.

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La virtud de la religión asegura, de este modo, la unión de culto y moralidad. El verdadero culto a Dios, que implica el deseo sincero de cumplir su voluntad, exige vivir todas las demás virtudes morales. Jesús fustiga la falta de amor, como contradictoria con el verdadero espíritu de adoración a Dios (cfr. Mt 12, 1-14), y hace propias las palabras de Oseas (6, 6), según las cuales vale más la misericordia que el sacrificio. En la predicación apostólica aparece con frecuencia la exigencia de unidad del culto a Dios y el cumplimiento de su voluntad en todos los campos de la vida: «La religión pura y sin mancha delante de Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y preservarse de la corrupción de este siglo» (St 1,27).
Bibliografía

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 2095-2132; 2142-2188.
S. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, II-II, qq. 80-100.
E. AMANN, Religion (vertu), en DTC 141, 2306-12.
A. GÜNTHÖR, Chiamata e risposta. Una nuova teologia morale, II, Paoline, Cinisello Balsamo (Milano) 51988, 321-525.
O. LOTTIN, L’âme du Culte, la vertu de la Religion, Lovaina 1920; ÍD., La définition classique de la vertu de la religión, «Ephemerides theologicae lovanienses» 24 (1948) 333-353.( Enciclopedia católica, Catholic net)

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